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Viaje a Córdoba

El Pr. Guillermo visitó la Iglesia de esta ciudad tomando reuniones el domingo 19 y martes 21 de junio, apoyemos a nuestros hermanos allí en Córdoba.

Retiro de Hombres

Mis experiencias en África

, Posted by La videoteca at 7:50 p. m.


Miguel y Cristina Sabata

África necesita padres que puedan llevar el evangelio de la misericordia, de visitar al preso, dar agua al sediento, de dar de comer al hambriento... Reflexiones de un misionero.

Muchas veces cuando hablamos u ofrendamos para África, y también para otros lugares, nos hacemos la idea de que son millones de negritos todos iguales, famélicos, con enfermedades y huyendo por las guerras; sin embargo, no tenemos ningún tipo de conocimiento de su personalidad, de sus sueños o deseos. Son solo contornos a quienes ofrendamos o por los que oramos.

Pensamos que cuando cumplimos con nuestra “obligación” de hacer esto ya se terminó nuestra tarea, y nos olvidamos que detrás de cada niño o adulto que vemos en fotografías o videos hay no solo una historia –casi siempre trágica–, sino una historia de vida, sueños de salir de semejante pobreza, comer mejor, estudiar y realizarse, y que su deseo es querer hacerlo sin ser desterrado, perseguido o separado de sus seres queridos.
A veces escuchamos en las noticias que fueron desplazados de sus tierras o invadidos. Eso implica dejar absolutamente todo y comenzar de nuevo en un lugar a cientos, o a veces miles de kilómetros de su terruño donde nacieron y crecieron, de donde se sienten parte.
Como dice nuestro Señor Jesús: “La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Lucas 10:2); porque es mucho el trabajo, mucha la necesidad, y si Dios pone en el corazón dar, orar o ir a esos lugares, debemos hacerlo con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas.

Quiero, a través de esta historia, recrear algunas que me tocaron vivir para que, cuando hables, ores, ofrendes o vayas quizás a África, sepas que cada uno es un ser creado a la imagen y semejanza de Dios y tiene el soplo de vida que Él le dio.
Como te darás cuenta al leer, no son reportes de grandes campañas evangelísticas o multitudinarias reuniones televisadas, y menos grandes predicaciones, creo que son el cumplimiento de Mateo 25:40: “Lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños”.

La historia de Rachidi
Se llamaba Rachidi. Siempre me recordaba a Aladino. ¿Recuerdas el cuento de la lámpara? No sé por qué razón yo lo veía así. Mezcla de negro, muy negro, y algo de oriental, digamos paquistaní o indio. Siempre con una sonrisa contagiosa y que invitaba a ser amable con él.
Muchas veces me tocaba como chofer y paseábamos por todos los lugares más inimaginables de Maputo, la capital de Mozambique. Era muy comunicativo, siempre hablábamos bastante de todo, y yo siempre indagaba mucho acerca de su vida.

Su crianza había sido muy buena. Su padre tenía un taller y él se había criado arreglando autos con su papá. Hasta que comenzó a beber de más y a frecuentar mujeres de mala vida. Se desbarrancó robando y bebiendo hasta que su padre lo echó. Fue despreciado por su familia, no lo dejaban acercarse a su casa, y quedó en el centro de rehabilitación donde estaba hacía un tiempo. Como se comportaba bien, le habían dado responsabilidades, como manejar y moverse, pero siempre con un supervisor.

Pero un fatídico día el bueno de Rachidi, cayó otra vez en su propia trampa. Pudo escaparse por casi diez minutos y se tomó todo lo que encontró. Bebió no sé si con algún antiguo amigo o robó dinero; lo real fue que le sacaron sus privilegios y fue castigado. Fue tan dura para él esta sanción, que se rebeló, se escapó y se perdió en la ciudad por más de una semana.

Hasta que apareció un día más negro, más triste y más serio que nunca. El brillo de sus ojos y lo que era que él tenía de amabilidad y simpatía, ya no estaba.
Lo encontré en una puerta donde las personas están esperando tiradas en el suelo, alguna dádiva, o esperan que les sea permitido entrar a este centro de rehabilitación. Yo había ido porque algo me impelía. Este muchacho, que muchas veces me había alegrado charlando y me comparaba con su padre, ahora estaba triste y con la cabeza gacha, apesadumbrado y avergonzado.

Me abrí camino entre muchos y traté de acercarme, porque yo sé lo que es el dolor y la vergüenza producido por el pecado. Él se escapó de mí, avergonzado, y no se dejó alcanzar.
La dureza de la institución le impidió reingresar, y cuando terminó su entrevista salió por una puerta por la que yo no pude verlo.
Pregunté a algunos que estaban allí y me dijeron por dónde se había ido, y allí fui corriendo. Era un barrio bastante, por no decir muy populoso, exclusivo de negros, donde los blancos pasan en sus coches raudamente; pero yo no hice caso de nada de eso y lo seguí.

Cuando hice cien metros –que era lo que me dije que haría, y si no lo veía me volvería a mi lugar– lo vi veinte metros delante de mí, en una mesita donde venden tragos y cigarrillos. En ese momento había comprado uno y trataba de encenderlo, por lo que me dio tiempo para alcanzarlo y ponerme detrás de el. Cuando dio su primera bocanada lo agarré de atrás en un abrazo que lo hizo saltar; cuando lo deje dar vuelta Rachidi no sabía cómo tirar su recién prendido cigarro, algo que jamás haría un mozambiqueño por lo costosos que son.

Rompimos a llorar los dos; obviamente, alrededor se hizo como un torbellino negro de gente que miraba expectante. Imaginen sobre la acera soleada, una multitud de gente de color y un blanco “haciendo llorar” a un negrito. Él lloraba y me pedía perdón por haberme defraudado; yo trataba de explicarle que no me había defraudado a mí sino a él mismo, porque había creído que no iba a caer, y ahora se encontraba tan lejos de todo consuelo.

Pasamos un buen rato hasta que él pudo explicarles a los que estaban alrededor que no corría peligro su vida y que estaba todo bien.
Fuimos unidos por el amor de Dios que se manifestó en ese momento de una forma increíble, perdonando su culpa. Desde ese día sé que Dios me dio el corazón de Rachidi; yo era su padre aunque no teníamos el mismo color, pero sí la misma sangre, o sea, la de Jesús. Él creía ser musulmán por tradición, pero luego de esto ya no lo fue más
.
Vaya mi recuerdo para ese joven. Sé que África necesita padres; no tantos pastores o misioneros que sepan la liturgia de un culto o de explicar La Biblia, sino que puedan llevar el evangelio de la misericordia, de visitar al preso, dar agua al sediento, de dar de comer al hambriento…

Miguel A. Sabata y su esposa fueron misioneros en Mozambique, África; actualmente viven en Mar del Plata y se congregan en la Iglesia Peniel. E-mail: sfathayam@hotmail.com

Fuente: La corriente del Espíritu